Es un problema cuando un bizcocho como yo (me llaman el del "yogurt") nace con tantas dudas existenciales.
¿Qué número haré yo, cuántos habrán salido de las mismas manos, y del mismo horno, y de la misma imaginación, y les colocaron en esta misma mesa?
No sé si los otros, los anteriores, se cabrearon tanto como yo cada vez que una cara enorme se asoma por la ventanilla para ver si crezco adecuadamente. Fui algo lento, lo reconozco, pero no por mi culpa, un poco de levadura se quedó en un doblez del sobre y me costó lo que nadie sabe subir y subir hasta conseguir este aspecto apetitoso y saludable, que tengo. Tanto, que mi amorosa manipuladora, después de exclamar ¡pero que bonito! fue y ¡zas! me hizo una foto.
Pero estaba mucho más en forma, hasta que me clavaron una larga aguja hasta el corazón, para hacerme la prueba del nueve en cocción, que según dicen, asegura que ya estás bueno para que te coman. Y ahí, en ese mismo momento, tengo que reconocer que me desinflé un poco.
Pues nada, aquí estoy en la bandeja de los bizcochos esperando poder "compartir" unos cuantos desayunos rápidos y alguna que otra merienda agradable, menos el último trozo, porque una vez perdida mi buena presencia y mi tacto mollar, empezará a rodar por los rincones hasta que alguien por pura pena me hará miguitas en un café con leche.
Soy casero, sencillo y nada pretencioso, y sería fabuloso si alguien se pusiera a llorar por que mi olor le rcuerde a toda su infancia, y encontrara de golpe todo "su tiempo perdido".
La que lleva "esto", dice que no va a dar explicaciones de como se me hace porque todo el mundo lo sabe, si ella lo dice... también dice que estoy muy bueno.
Un bizcocho
Puri.
Fotos, propias
Fotos, propias
