El pasar del tiempo cambia las cosas, y nos damos cuenta cuando ya no cambia nada, como los paisajes en que nada florece, ni se amustia, pero esperan pacientes la revolución de una primavera.
Empezó a dejar cosas fuera de su sitio, aquí y allá, en cierto modo creaba la ilusión, de que todo era como antes. Ahora se daba cuenta que después de tanto afán por ordenarlo todo, era precisamente el desorden el signo de la vida, diaria. Las pocas prendas que quedaban en los armarios, ya no salían ni entraban como por arte de magia, ni se quedaban tiradas por las sillas, el suelo, o en aquel artilugio que compró para hacer bicicleta sin salir de casa, y que cumplía sin rechistar la misión de multi-perchero, de maravilla. Y la frase de "a ver si ordenas la habitación" tantas veces gritada desde la cocina, y que siempre se quedaba rezagada por el pasillo, ya era un sinsentido.
No era la primera vez que le pasó por la cabeza, al igual que en ese cuento de Cortázar, que siempre le inquietó; ir cerrando las habitaciones, como si fuera otra "Casa tomada". En su propio beneficio pensaba que en el brevísimo relato, raro e intrigante y que Julio, cuenta con maestría, la casa no era tomada por seres extraños, sino dejada por los dos protagonistas, y poco a poco arrinconarse para disimular mejor la soledad. Pero no se rendiría, si no llegaba, ella misma haría la revolución.
Purificación.
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| La masía, Joan Miró |